
La neuroconciliación
Según una encuesta del CIS de marzo de este año, el 75% de los españoles cree que las mujeres deben esforzarse más que los hombres en el mismo empleo.
La encuesta ofrece muchas otras conclusiones (desigualdad en los salarios y en las responsabilidades), sin embargo, llama la atención el denominador común entre todas ellas. Tratándose de una encuesta no puede ser de otra manera, pero es curioso que el verbo creer esté presente en los titulares de las noticias que se hacen eco de los resultados.
No hay duda que las prácticas de las empresas son discriminatorias. Lo son y, en eso, no hay ninguna vacilación. Pero hay soluciones que no pasan por la legalidad jurídica, sino por la autenticidad emocional.
Las emociones aprisionan nuestra vida. Los pensamientos (creencias en su mayoría) son la materia prima de nuestras emociones y éstas, a su vez, la llave de nuestros comportamientos. Están ahí, en medio del cotarro para controlarnos y llevarnos al huerto del pasado.
Cada tiempo tiene su moda. En este campo, lo más en boga es estar estresado y, más aún, lo verdaderamente fashion, es estar estresado sin saber el porque. Es el estrés de las creencias: si hoy en día no estás estresado no pagas tu cuota en este mundo tan complejo.
Muchas personas tienen tendencia a demostrar que pagan su cupo en forma de agobio: los vendedores se creen los mejores (están más estresados) por los kilómetros que hacen con el coche; los directivos por las horas que se pasan en su despacho y los trabajadores por la faena que les queda por hacer dentro y fuera.
Arreglar este enredo de creencias es responsabilidad de todos. Uno de los peores recursos escasos de nuestros días es la atención. Definamos la atención humana como la concentración en pos de una causa.
Ese es el verdadero problema: que hacemos muchos kilómetros pero pocas ventas, que estamos catorce horas en nuestro despacho, pero concentrados de verdad tan sólo la primera y la catorce; que cuando habitamos en el trabajo prestamos atención a la casa y, cuando trabajamos en casa, se nos ocurre pensar en el trabajo.
Nuestro cuerpo y nuestros pensamientos están en lugares distintos y, cuando eso pasa, el estrés, el agobio y el esfuerzo se multiplican para llevarnos al peor sitio de nuestras vidas: el vacío, la nada, el sinfín.
Las empresas deberían dejar de jugar a la doble moral. Hablan de conciliación pero ponen miles de objetivos; aprecian a los que más horas se quedan frente a los que trabajan eficazmente y son permisivos con quienes no tendrían que serlo, a cambio de no serlo con quienes se lo merecen.
Pidamos a las empresas que empiecen por “cerrar las luces” cuando hay que estar en casa y no las abran nunca más a aquellos que cuando se quedan en casa deberían estar en el trabajo.
A todos nosotros, nos hemos de pedir la neuroconciliación. Esa capacidad para tener el cuerpo y la cabeza en el mismo sitio en busca de una atención concentrada y sana.
Ese es el verdadero esfuerzo que, hombres y mujeres, hemos de hacer para tener y promover más felicidad.
Lo demás son creencias que tan sólo sirven para esforzarse mal.
Creo.
Joan Elías
Abril 210
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